21.8.10

Lobos

La costumbre es el 50% de nosotros. Lo llamamos tradición y saber popular. Pero en realidad hablamos de nosotros. Cuando hablamos de creencias, refranes y dichos hablamos de nosotros. Y cuando nos basamos en eso, lo hacemos de todo corazón. Sinceramente irracional.

De entre todas las cabezas de la multitud sobresalen dos. El cura y el padre. Todos saben dónde está en hijo, nadie sabe donde está en espíritu santo. El viento corta sin miramientos las grises caras de las buenas y tradicionales gentes del pueblo. Caras serias como dioses griegos, pero en el fondo dóciles como vacas sagradas. Cientos de ojos no miran al centro de la escena. En fotografía cuando todos los elementos están dispuestos gradualmente en torno a un punto se llama centro gravitatorio. No es un sol es un agujero negro. La composición está adornada con algo que no estudia en fotografía: los rezos en latín del cura. Se llamaba Pedro, como el Santo Padre.

A Pedro le encantaba jugar en el monte persiguiendo conejos mientras acompañaba a su padre cuando llevaba su rebaño. El monte verde era parte de él. El musgo era su pelo, y las rocas sus manos. Bendito monte, maldito. Cuando Pedro podía ver algo que no era del monte, un perro enorme y negro como una noche sin estrellas. Su padre buscó sus gritos en el monte y dio con él, no con el perro. Pero el perro vino más veces, muchas más veces. La gente del pueblo se reía de Pedro, por mentiroso, por embustero. Su padre le creía bien. Pero la tradición y la gente puede más que el amor más veces de las que crees. Y no te has dado cuenta de lo rápido que han ido las cosas hasta que has encontrado, después de 3 días de busca, el cuerpo del pequeño Pedro. Pedro como el del cuento, le decían. Pero Pedro, nuestro Pedro, nunca avisó a las gentes del pueblo, nunca se rió de como corrían de miedo. Pero ellos si que lo llamaron mentiroso, mal hijo, si que se rieron de él cuando entraba por el pueblo corriendo buscando a su padre.

Lo que faltaba era la lluvia. el funeral estaba completo. Necesitamos la lluvia para beber y pasa comer. El padre de Pedro la necesita para olvidar, para morir. El cura tiene vino en casa. Y los habitantes, que racionalmente había visto la lluvia un regalo de Dios, ahora la veía como un castigo y una vergüenza. Porque aunque las pequeñas gotas escondan sus lágrimas amargas, tienen más vergüenza todavía para con Dios, porque Dios está llorando, llorando sobre sus cabezas.

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